por Glenn H. Shepard Jr.

Imagine una mesa grande. De una vez: ¡que sea una mesa redonda! En esta gran mesa redonda están sentados chamanes y bioquímicos, médicos y practicantes religiosos, psiquiatras, neurofarmacólogos y claro, muchos antropólogos. ¿De qué hablarían? Seguramente, la ayahuasca sería un buen tema por el que empezar. La ayahuasca – brebaje psicoactivo de uso tradicional ritual y chamánico entre los pueblos indígenas de la Amazonía – ha superado sus orígenes selváticos y hoy en día es usado también en centros urbanos dentro y fuera de los trópicos por diversos grupos religiosos, por curanderos tradicionales y no-tan-tradicionales, por investigadores biomédicos y pisquiátricos, así como en el turismo chamánico y en el mercado global internaútico de psicodélicos que opera en las márgenes de la ley. Por lo tanto, la ayahuasca también ha sido objeto de un creciente número de estudios biomédicos, antropológicos, históricos y filosóficos al mismo tiempo que ha llamado la atención de las agencias de control anti-drogas y de los sistemas jurídicos y legislativos de diferentes países. Todo eso viene produciendo una cosecha de resultados diversos, complejos y hasta contradictorios. Cuando se discute la ayahuasca y otras substancias psicoactivas dentro del contexto de la antropología o de las religiones comparadas, estamos todavía en territorio epistemológico más o menos confortable para todos los interlocutores excepto los más radicales fundamentalistas religiosos y prohibicionistas: pues el dualismo cartesiano permite que las variaciones culturales y religiosas sean toleradas (hasta cierto punto) como fenómenos mentales, desde que no interfieren con el dominio de las ciencias naturales sobre el entendimiento de los procesos universales de la materia. No solo en la actitud científica tradicional pero también en la defensa legal de la ayahuasca como ritual religioso y en el uso del término “enteógeno” (‘substáncia que hace surgir al Dios interior’) por los activistas pro-psicodélicos – encontramos un mutuo esfuerzo para conformar a la división cartesiana, de tal forma garantizando seguridad y un cierto status quo epistemológico. Pero cuando consideramos el uso de la ayahuasca como un recurso para la salud no sólo mental sino también corporal, sociológica y ecológica, estamos de nuevo en aguas profundas y peligrosas, donde todos los interlocutores – excepto los originarios usuarios indígenas – enfrentan amenazas a las bases epistemológicas de sus propias ciencias, religiones o activismo político. ¿Será posible un profesional de salud biomédico dialogar con un chamán indígena que se dice capaz de interactuar con espíritus del bosque para diagnosticar y curar enfermedades biomédicas así como desequilibrios ecológicos? ¿Será que la ayahuasca demuestra eficacia en el tratamiento de dependencia química? ¿Es posible separar sus efectos neurofarmacológicos mensurables del contenido simbólico-religioso de las visiones que ella provoca? ¿Será que la legitimación de la ayahuasca como sacramento religioso ha traicionado su uso tradicional como recurso médico? ¿Será que la ayahuasca – sea sacramento, alucinógeno o santo remedio — puede presentar interacciones peligrosas con ciertos medicamentos biomédicos? ¿Será que nuestra mesa redonda se va desintegrar en una Babel? ¿Qué es la ayahuasca, a final? ¿Droga alucinógena? ¿Planta medicinal? Sacramento religioso? ¿Portal de comunicación inter-dimensional? ¿Sustancia tóxica ambigua fundamentalmente incognoscible? Solo leyendo este libro – un diálogo tanto interdisciplinar como intercultural e interepistemológico entre diversos científicos, practicantes y activistas — para saber…

Glenn H. Shepard Jr., Ph.D.
etnólogo visitante, Museo de Arqueologia e Etnologia, Universidade de São Paulo